A Red Bull le pinchan el Mapa del Tesoro

Ni monedas de oro ni paraísos ocultos. Bueno… o quizá sí. En Red Bull han sabido guardar en el más recóndito de sus baúles una de las claves del éxito de los aviones monoplazas azules durante (para lo rápido que va esto) mucho, mucho tiempo. ¿Cómo podía ser, el mismo coche, los mismos reglajes, y tiempos de asombro en la Q3?¿Donde está el truco?

Siglos atrás los más aguerridos piratas marcaban sobre cuartilla y con contundentes aspas sus más admirables descubrimientos. En el siglo XXI, en plena era tecnológica, las marcas en los papiros no han sucumbido al olvido y aún seguimos hablando de mapas dichosos que también guardan tesoros… aunque en unos contextos y significados más bien diferentes.

Hoy en día ser el creador y con ello el Dios de tus criaturas te permite hacer muchas cosas, como controlar a la milésima el comportamiento de tus engendros. Decidir cuando exprimir el motor al máximo, cuando relajar el ritmo y mirar por la fiabilidad, o cuando aprovechar al máximo el caudal de escape generado por el conjunto motor. Incluso simular el flujo de escape de un motor  en altas revoluciones aun cuando la quema de combustible está siendo mínima porque… estás frenando.

En la alta competición las escuderías juegan y mucho con el llamado mapa motor, esto es, una configuración prediseñada del funcionamiento global del sistema de inyección, explosión y escape de los bólidos. Para que el coche funcione a la perfección sus sistemas han de saber cuánto combustible inyectar, cuanto comburente (oxígeno en este caso) incorporar, a cuantas revoluciones va a funcionar el conjunto, y qué caudal de escape va a resultar del proceso.

Y las triquiñuelas de Adrian Newey y su equipo permitieron a Red Bull crear un mapa tan eficiente como… gastón. Una configuración idónea para hacer vueltas rápidas y meter bien de sopapos a todos los rivales, a costa de llevar el motor a un ritmo de consumo de combustible y presumiblemente desgaste imposible de mantener en carrera. El pleno uso del soplido de sus escapes sobre el difusor trasero hacía el coche más agil y veloz en sus pasos por curva, incluso allí donde el pedal del acelerador ni siquiera tocaba fondo.

Pasada la clasificación, la ECU (Unidad Electrónica de Control) era reconfigurada con unos reglajes más amables con el ritmo de carrera.

Ahora la FIA ha dicho basta. Si bien un mapa motor puede constar de diversas configuraciones, como el modo de salida desde parado, o el resultante de alterar desde el propio volante los parámetros de pureza de la mezcla que se inyecta, todo ello ha de ir “en conjunto” y de forma inalterable pasada la clasificatoria de los sábados. Hasta ahora prohibido estaba por reglamento tener un mapa configurado para lluvia, otro para seco, y alterarlo con un solo botón (como quien dice) de un día para otro. Desde ya tampoco se podrá ahora alternar con nocturnidad y alevosía entre un mapa preparado para clasificación y otro pensado para carrera.

La configuración electrónica pasa a ser otro elemento inamovible dentro del parc fermé. Si bien alterar la configuración de la ECU puede llegar a ser tan fácil como pinchar un pen drive en la misma, los ingenieros ya no tendrán permitido meter mano al cerebro de silicio de los bólidos pasadas las sesiones clasificatorias.

Aunque no nos engañemos, la triquiñuela pensada por Newey ya estaba siendo copiada por otros, si bien el perro viejo llevaba ciertos años de ventaja sobre el resto de la parrilla.

¿Se verá un Gran Premio de Europa en mayores condiciones de igualdad técnica? Si algo están demostrando los cerebros pensantes de la F1 es que ingenio no falta, y hecha la ley, hecha la trampa. Por más puertas que se le quiera poner a la inventiva, siempre quedará resquicio para la innovación.

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